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15 septiembre 2010

LO QUE CONTAMINA UN LADRILLO - Clemente Alvarez Ecolab


Cuando se examina el consumo energético de una casa se suele prestar atención a su diseño, a su climatización, a su equipamiento, al uso de energías renovables. Sin embargo, a menudo se suele obviar la propia casa en sí, es decir, la cantidad de energía requerida para producir cada uno de sus componentes: ladrillos, vigas, cemento, tejas, baldosas, etc.


Esta información resulta muy interesante y puede producir algunas sorpresas. Como que una vivienda diseñada con criterios de eficiencia luego no lo sea tanto cuando se analiza lo que hay por dentro de las paredes. O que el gasto de energía para construir una plaza de aparcamiento subterránea pueda llegar a ser equiparable a la del uso del coche que está aparcado en ella. Y es que, como incide el investigador Ignacio Zabalza, del Centro de Investigación de Recursos y Consumos Energéticos, cada metro cuadrado habitable construido de un edificio convencional requiere de un total de 2,3 toneladas de materiales.

Si se considera el peso de los recursos afectados por el proceso de fabricación, entonces esta cifra se multiplica por tres: 6 toneladas por m2. ¿Hasta qué punto son importantes los materiales de construcción en el balance energético de una vivienda? Imaginemos una casa unifamiliar de

222 m2 situada en Zaragoza, que es donde la coloca este ingeniero aragonés en un estudio publicado en la revista científica Building and Environment. Si se introducen los datos de esta hipotética vivienda en un programa de simulación que cumpla la actual normativa de certificación energética de edificios, el resultado que se obtiene es que va a generar cerca de 1,6 toneladas de CO2 al año, lo que corresponde a una clase B. Ahora bien, esto es teniendo en cuenta sólo el uso de la casa a lo largo de 50 años de vida (el gasto en calefacción, aire acondicionado, agua caliente, iluminación…), si se analizan los materiales utilizados en su construcción, entonces habría que añadir otras 57 toneladas de CO2.



Estas 57 toneladas adicionales supondrían el 41% del total de emisiones generadas por la casa a lo largo de 50 años. O dicho de otra forma, tendrían que pasar 35 años para que las emisiones producidas por el uso de esa vivienda en Zaragoza igualasen a las de su construcción. Paradójicamente, no son tenidas en cuenta por la normativa que evalúa la eficiencia energética de esa vivienda, cuando su impacto es mucho mayor que el de otros factores a los que se les da mucha mayor importancia.


Como explica Zabalza, se está desaprovechando una gran oportunidad de actuar en la eficiencia de las casas desde la propia elección de los materiales para su construcción. Un ejemplo de ello es el ladrillo, fabricado fundamentalmente a partir de arcilla extraída de canteras. Este investigador ha estimado que para fabricar un kilo de ladrillos en España se requiere consumir 3,56 megajulios equivalentes de energía primaria, gastar 1,89 litros de agua y emitir a la atmósfera 270 gramos de CO2. Sin embargo, existen algunas variantes que reducen de forma considerable estos impactos. Es el caso del ladrillo de arcilla aligerada (compuesto por un

85% de arcilla y un 15% de paja) y de los ladrillos silico-calcáreos (con arena de sílice). Sustituir unos ladrillos por otros puede resultar mucho más efectivo que otras medidas de diseño o de equipamiento de las que se habla mucho más.


Los bloques de arcilla convencionales no son tampoco los que tienen un mayor impacto en una casa. De acuerdo al “ranking” ambiental elaborado por Zabalza a partir de una adaptación de la base de datos suiza

Ecoinvent, los peores materiales de construcción serían el aluminio (8,57 kilos de CO2 por cada kilo), el poliestireno expandido (7,34), la espuma rígida de poliuretano (6,79), el PVC (4,27), el cobre (2)… Y, al contrario, los mejores serían los compuestos de madera, el corcho o el ladrillo de arcilla aligerada.


“No vale como opción para todos los edificios, pero en algunos casos se podrían conseguir importantes ahorros sustituyendo las estructuras de hormigón por otras de madera”, incide el investigador aragonés. “Ahora se ha puesto de moda utilizar baldosas cerámicas de pasta blanca, lo que tiene un gran impacto por tener que importarse de Italia o Ucrania, cuando en Castellón y Teruel se tiene mucha arcilla de pasta roja”, recalca.



Otra forma de disminuir mucho el impacto ambiental de una vivienda sería

si se pudiesen reutilizar algunos de estos materiales al final de la vida útil de la casa. Esto es hoy en día muy difícil, pues cuando se derriba un edificio lo que queda es una montaña de escombros en la que resulta muy complicado separar materiales. Por ello, este ingeniero aboga por un cambio radical en el diseño de la construcción para favorecer el desamblaje de algunos de sus componentes. “Esto es un cambio de mentalidad importante, pero habría que pensar en uniones que fueran atornilladas para facilitar la recuperación de materiales”.


Aunque este ingeniero va todavía más lejos y no se conforma con contabilizar el impacto de los ladrillos, también investiga la manera más eficiente de colocarlos. Si de la forma de construir edificios va a depender también la movilidad de las personas, por qué no incluir igualmente en el análisis la energía que se va a requerir después en los desplazamientos de sus habitantes.


De esta forma, se podría comparar mejor las emisiones o el gasto de energía de un barrio residencial de casas unifamiliares dispersas frente al de unas torres de edificios de un barrio compacto. El propio Zabalza ha probado esta metodología para analizar el edificio del CIRCE, introduciendo el gasto en energía de los desplazamientos del personal desde sus casas hasta el trabajo (calculado por medio de encuestas). El resultado es que la movilidad supone el 50% de impacto del ciclo de vida de esa construcción.


Este tipo de análisis puede crear controversia, pero daría un enfoque muy interesante de la edificación. Y también evitaría que, como ocurre a menudo hoy en día, se pusiese la etiqueta de “ecológico” a edificaciones que en realidad van a seguir incrementando las emisiones de CO2 por los materiales de construcción utilizados o por los desplazamientos para llegar hasta ellas.



Ahora que se habla tanto de rehabilitación de edificios para mejorar la eficiencia de las viviendas a la vez que se reactiva el empleo, puede ser útil realizar este tipo de cálculos. “En España, el parque edificatorio es ineficiente, y está claramente sobredimensionado e infrautilizado”, detalla el investigador, que considera que a pesar del “boom” del ladrillo en los años anteriores a la crisis, existen 12 millones de pisos con más de 30 años y 6 millones de más de 50 años. ¿Compensa realmente la rehabilitación desde l punto de vista energético? “Yo creo que sí es una oportunidad, pues hay has viviendas antiguas sin aislamiento que consumen mucha energía”.


Ahora bien, según Zabalza, los resultados podrían ser muy distintos en función de cómo se hiciera. “La rehabilitación de un edificio supone generalmente un ahorro energético del 60% respecto a su derribo para volver a construirlo”, destaca el ingeniero, que cree que una selección adecuada de los materiales utilizados en la rehabilitación permitiría disminuir aún más los impactos energéticos globales.


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