15 agosto 2009

AREAS VERDES Y ESPACIOS PUBLICOS EN LIMA –Entrevista a Wiley Ludeña


Wiley Ludeña Urquizo

Arquitecto, Profesor universitario, doctor en urbanismo (Universidad Técnica de Hamburgo) Considerado por muchos como el investigador urbano más importante del Perú. Pionero en la construcción de una historia del paisajismo peruano, ha publicado 8 libros y más de 200 artículos sobre arquitectura, ciudad y paisajismo en publicaciones profesionales y científicas. Es profesor visitante en diversas universidades del Perú, América Latina y Europa.

Lima 15 de agosto del 2009

Entrevista realizada por por la Arquitecta Doraliza Olivera

Usted ha afirmado que la ciudad expresa a la sociedad que la produce. ¿Qué opinan sobre la relación entre los espacios públicos y la sociedad limeña?

La ciudad es lo que es su sociedad. Si una ciudad carece de espacios públicos es porque tenemos a una sociedad aun desintegrada, superindividualizada, sin redes sociales interconectadas y extensivas que no registran (ni necesitan) una experiencia colectiva de la esfera de lo público: es el mundo premoderno. Si las sociedades y ciudades no promueven la integración, la inclusión social, el intercambio colectivo de experiencias y la construcción de una ciudadanía basada en las nociones de lo público y el bien común, jamás se requerirán espacios públicos y de encuentro social. Si a este rasgo nacional le sumamos la persistencia inconsciente de la ideología y estética del llamado “urbanismo seco” de herencia colonial podemos explicarnos específicamente el por qué de la dramática carencia de espacios verdes y masa arbórea en la ciudad, entre otros síntomas. A diferencia del modelo urbano colonial anglosajón que se sostiene en un verde extensivo como parte de la ciudad interior, el modelo colonial hispánico se impone como una drástica oposición entre artificio y naturaleza: se es mejor ciudad cuanto más artificial sea. Recordemos que en el urbanismo colonial no existe el concepto de calles arboladas ni parque público hasta muy entrado el siglo XVIII. En este tipo de ciudad la noción de espacio público queda subsumida por la presencia excluyente de la Plaza Mayor como el único epicentro de la vida urbana y un conjunto de espacios semipúblicos (las plazuelas) desprendidos básicamente de la ritualidad eclesiástica. En esta ciudad, que seguimos reproduciéndola de una u otra manera, el verde urbano devino bien privatizado reducido al mundo familiar de las casonas, conventos y huertas, o como un verde artificializado asumido como la “decoración” verde de las plazas o plazuelas. La apuesta de muchos arquitectos por prescindir de árboles porque “afean la fachada” o la de muchos alcaldes por el letrero de “prohibido pisar el césped” se alimenta en última instancia de esta ideología y estéticas coloniales. El gran parque urbano público es un invento de la modernidad urbana del siglo XIX. Surge como reivindicación de la esfera de lo público sobre los dominios de un mundo privado excluyente. La desmantelación, desmenbramiento y consecuente reducción del área original del gran Parque de La Exposición de Lima fundada en 1872 representa en sí una perfecta metáfora de la vigencia y el acoso de sus pulsiones premodernas hoy cada vez más extensivas.

¿Cuáles son las principales características que deberían tener las aéreas de recreación pública para cumplir su función como espacios públicos? Que espacio existente en la Ciudad según su criterio cumple mejor con estas características?

Aquello que se denomina “área verde” en una ciudad está constituido entre otras cosas por una diversidad de tipos de espacios que van desde el jardín urbano hasta los parques en escala metropolitana. Para cada caso los requisitos pueden ser diferentes. Sin embargo, algo que no deberían ser en cualquiera de los casos, es el de pretender imponerse como un fragmento antinatural dirigido a formas hiperactuadas de recreación. Lamentablemente en nuestro medio carecemos de parques dispuestos para la distensión o la recuperación del stress físico y mental que la vida en la ciudad genera. Nuestro parques y jardines son en su gran mayoría espacios de un barroquismo autoreferencial, sobresaturados de “naturaleza envasada”, llenos de ruido visual y que padecen el síndrome del “parque de diversiones”. Son parques-espectáculo identificados mayormente con las funciones del deporte y el ruido urbano. No son espacios para el relax o la distensión en el cual la gente sin dejar la ciudad pudiera tener un contacto con la naturaleza en su estado mas esencial posible. Como se ha comprobado en numerosas grandes ciudades, social y ecológicamente sensibles los parques en su mayoría se constituyen como biotopos naturales dentro de la ciudad, funcionan a modo de “micro reservas naturales” y son capaces de crear biodiversidad en la ciudad. Son parques que se nutren de esa estética de la vegetación silvestre tan cara al ecodiseño paisajístico contemporáneo. Parques como el de la Loma Amarilla en Surco o muchos jardines de vegetación silvestre en las barriadas (ejemplos de jardinería popular) se acercan a este tipo de espacios. Y aunque parezca extraño decirlo, algunos parques-cementerio (con o sin los difuntos) deberían de estar abiertas en plena ciudad. En realidad los muertos no deberían ser los únicos con el derecho y el privilegio de vivir en paz.

¿De qué manera las aéreas recreacionales sirven a la integración e identificación de los vecinos con la ciudad? Como espacios para la construcción de ciudadanía ¿están aún en proceso de construcción?

Si observamos que hoy los parques se privatizan, se convierten en objetos de (y para) el espectáculo, que es otra forma de privatización como es el caso del Parque de La Reserva, entonces no todos aquello que sea un parque ayuda a construir una ciudadanía estable, democrática, solidaria y tolerante. Sin embargo, por esencia los espacios públicos deberían ser —como la ciudad misma— un espacio privilegiado para el aprendizaje ciudadano de aquello que exige la ciudad a todos: aprender a convivir en colectividad con el otro. El espacio público es la gran escuela en la construcción democrática de un pueblo. No hay sociedad cohesionada ni democracia, ni partidos políticos estables, sin espacios públicos coherentes y de uso democrático. Precisamente, en la actualidad la ciudad peruana se encuentra en ebullición, sin normas que respetar e incapaz de producir hitos unificadores de referencia colectiva. En lugar de constituirse en ciudad cohesionadora, registra los vicios de una incuestionable tribalización urbana con sus propios medios de auto representación. Desafortunadamente esta serie de espacios públicos y la ciudad peruana en su conjunto no son aun espacios de construcción legitimada de la esfera de lo público como sinónimo de ciudadanía solidaria y segura de sí misma, sino espacios de fuga y de desfogue vía la mediación pública. La vida cotidiana privada se ha trasladado casi sin mediación a la vida cotidiana pública. Ahí están los espacios públicos en tanto realidades de estéticas irresueltas, precarias y estridentes en los que la sociedad peruana resuelve su propio desarrollo y conflictos. Cuando los vicios privados reemplazan a las virtudes públicas, entonces tenemos lo que tenemos en el Perú.

Usted señala a los empresarios como los responsables de la falta de áreas verdes a lo que se pueden agregar las diferentes gestiones municipales ¿En qué medida la participación ciudadana puede convertirse en un poder que impulse la creación de parques?

Los indicadores históricos de área verde y masa arbórea señalan aquello que todos vemos a diario: que Lima es una ciudad con un enorme déficit en este aspecto que afecta su propia sostenibilidad en el tiempo. ¿Quién ha producido este tipo de ciudad? ¿El urbanismo estatal? ¿el urbanismo de barriadas? o ¿el urbanismo privado?. Queda claro que el principal actor y factor de la construcción urbana en el Perú de los últimos 180 años ha sido hecho bajo el mandato de la iniciativa, ideales e intereses de la inversión inmobiliaria privada. Desde La Chacrita (1857) la primera urbanización privada de la Lima republicana, los porcentaje de vías, área verde u espacios fueron gobernados por la anguria, la avaricia o la ignorancia urbanística. El objetivo siempre fue cómo aprovechar al máximo el metro cuadrado del terreno a costa de negarse o regatear los aportes de área pública establecidos por leyes u ordenanzas establecidas la mayoría de veces por ellos mismos como ocurre en la actualidad. Desconocer estos hechos significaría admitir que la Lima de hoy es una ciudad ordenada, afable, generosa en áreas verdes, de calles anchas y arboladas, además de cohesionada y con un buen balance entre área libre y construida. Todos sabemos que no es así. Ante esta situación los ciudadanos tenemos la responsabilidad de demandar más y mejores espacios públicos. No sólo porque se trata de contar de más espacios de recreación, sino que la ciudad y sus habitantes requieren para su propia existencia o supervivencia de tales espacios.

¿Existen iniciativas de arquitectos o distritos, como San Borja, que promuevan la integración de los vecinos con los espacios públicos?

Es una iniciativa importante. Pero no siempre aquello que surge del propio pueblo o de sus representantes en los distintos niveles de gobierno, asegura la posibilidad de un buen diseño y prácticas innovadoras. Los populismos de todo tipo juegan aquí también un rol cuestionable y antimoderno. La filosofía de “darle a la gente lo que le gusta a la gente” convertida en programa urbanístico trae como consecuencia la reproducción literal de los grandes defectos del diseño paisajístico peruano. En este caso, desafortunadamente, la ausencia de una cohesión estable entre los dominios de la sociedad y la ciudad, la preeminencia de los intereses individuales sobre los colectivos, así como la ausencia de prácticas democráticas en la toma de decisiones de orden proyectual, ha convertido a la ciudad y sus espacios en tierra de nadie donde puede perpetrarse de todo sin consultar ni responder a nadie. En estas condiciones cada individuo o familia, partido político, alcalde o gobierno de turno ha convertido a la ciudad en una extensión natural de sus intereses privados (culturales, estéticos y económicos) hasta transformarla en un espacio doméstico individualizado para honrar y perpetrar sus particulares fobias, filias, traumas o aspiraciones de auto representación, como si estas fueran del conjunto de la sociedad. Y algo de esto se reproduce en el caso y otros que se mencionan. Debo decirlo terminantemente: la arquitectura y el paisajismo peruanos no están aun a la altura de los desafíos sociales, culturales y ecológicos del mundo contemporáneo.

¿Cuál es la experiencia en otros países latinoamericanos?

La experiencia internacional es muy estimulante hoy en día. Desde luego que el paisajismo noreuropeo sigue registrando ejemplos valiosos de ese paisajismo opuesto a la redundancia artificiosa del paisajismo árabe-ítalo-ibérico que seguimos reproduciendo nosotros. Aun así lo que llama la atención es el grado de degradación estética y ambiental de los espacios públicos de las ciudades en el Perú a diferencia lo que acontece en el mundo urbano de países cercanos al nuestro como Bolivia y Ecuador, por mencionar dos casos. ¿Qué ha pasado que países con los que el Perú conserva similares grados de desarrollo relativo e historias culturales comunes no registren ciudades y estéticas tan deplorables y degradadas como si se producen en nuestro país?. Es un tema para la reflexión. Lo que es cierto es que la ciudad surgida de la reestructuración neoliberal y neopopulista de Fujimori ha terminado por convertir la miseria ética en miseria estética. La desestructuración social ha terminado por avalar el imperio del más desembozado populismo urbanístico de referencias kitsh y citas a un vacuo nacionalismo, cuando no adicta a las luces de esa estética de casino urbano y Disneylandia de cartón. En esta ciudad la escultura de mármol de antaño se ha transformado en una escultura de cemento a la que se le caen los dedos o brazos cada cierto tiempo. La única ciudad modelo es la que la rodea en su mas absoluta precariedad. ¿Qué se representa o puede simbolizar en esta ciudad que no sea la exaltación a los símbolos de una alienada cotidianeidad? Ahí están los parques dedicados a honrar con monumentos al choclo, a la papa, a las pelotas de fútbol y a los sombreros huancaínos, junto a los monumentos de escala cada vez más liliputienses dedicados a héroes militares, religiosos y civiles. A diferencia de lo que se genera en nuestras ciudades, se debe reconocer que ciudades como Buenos Aires, Bogotá, México o Santiago de Chile, entre otras, tiene una tradición sostenida de buenos parques urbanos por diversas razones, entre las cuales habría que mencionar la persistencia y el respeto a lo mejor de la tradición morfológica y estética de los grandes parques del siglo XIX construidos en casi todas las capitales de América Latina. ¿Qué sería de Lima si se hubieran construido dos a tres parques más del mismo tamaño y concepto que el Parque de La Exposición en su versión original?. La respuesta es obvia.

2 comentarios:

Franco Goyenechea Buscaglia dijo...

Quiero compartir con ustedes esta propuesta de nuevas áreas verdes para Lima: http://parquedelima.blogspot.com/2010/02/grandes-parques-para-lima.html

MRGNT dijo...

Aca les dejo un link sobre una intervención en el Centro de Lima que habla sobre el Espacio Público Muchas gracias

http://www.facebook.com/pages/Yo-Soy-Parte-De-La-Invasion-Verde/159097254117361?v=photos#!/album.php?aid=43174&id=159097254117361

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