1. Introducción
La arqueología andina ha tenido un proceso de maduración de acuerdo a las dificultades propias de una disciplina que se va implementando de otras y necesita constituir logros que afiancen sus estructuras teóricas y metodológicas, pero también frente a su contexto social y a las posibilidades de su propia realidad. En el Perú este fortalecimiento se vio impulsado al principio por métodos de campo de la geología y del ordenamiento propio de la historia del arte, pero debido a nuestras particularidades sociales se implementaron además contenidos teóricos desde la antropología y la etnohistoria.
También se necesitó de oportunidades en donde
personajes importantes y hechos prácticos lograron materializar todos estos elementos;
por ejemplo, podemos señalar al arqueólogo Julio C. Tello o al antropólogo Luis
Valcárcel, quienes desde la segunda década del siglo XX fueron grandes gestores
que posibilitaron y encaminaron con fuerza muchos proyectos arqueológicos.
Una
oportunidad importante (en recursos y conjunción de esfuerzos) llegó para el IV
Centenario de la Fundación española del Cusco; entonces el Perú era aún
conocido como El País de los Incas (tal
como lo daba a conocer la obra del viajero inglés Markham), y la gran población
del mundo pensaba (y a veces parece que se sigue pensando) que los Incas fueron
el único destello de cultura que existió antes de la llegada de los españoles.
Había, y era entonces la oportunidad (tomando ese prejuicio de manera orgullosa),
de demostrarlo.
Este breve ensayo trata sobre este contexto
especial, pero principalmente se enfoca en la aparentemente corta pero
importante participación dentro del mismo de Emilio Harth-Terré, un arquitecto limeño
de 34 años, que trabajaría en los grandes sitios inca del Cusco, algunos de sus
aportes y la estela de “ideas semilla” que varios años después desarrollaría
siguiendo esta experiencia.
2. La arqueología en el Cusco en las primeras décadas del siglo XX
A fines del siglo XIX el alemán Max Uhle nos
ubicó en una posición desde la cual podíamos observar el pasado desde los
objetos contextualizados con su medio, la costa andina y la religión permitían
esa visión transversal en el tiempo. En el Cusco, gran espacio histórico
central de los Andes, esa visión se encontraba presente y evidente en los monumentales
edificios antiguos que continuaban siendo habitados, el entorno cosmológico geográfico
y en el idioma vivo del quechua; las colecciones particulares de objetos y la
misma ciudad mantenían vigente el pasado día con día. También es cierto que Hiram
Bingham y su expedición a Machu Picchu en 1911 (en 1902 este sitio ya había
sido alcanzado por Agustín Lizárraga) proyectaron (principalmente hacia el
extranjero) mediante la fotografía una imagen sobrecogedora de la sociedad
incaica y la geografía andina.
Aunque el Cusco fue siempre ponderado como un
gran centro de cultura y base de entendimiento del pasado en el Perú, lo cierto
es que mucha de su imagen mítica fue sostenida a partir de los antiguos manuscritos
y crónicas, los soberbios monumentos dispersos por toda la región tenían una
limitada interpretación de la ciencia arqueológica, en parte por la casi
inexistencia de arqueólogos profesionales en el Perú, pero también por temas de
logística y hasta de falta de interés de los intelectuales de esa época que
preferían seguir viéndola con posturas románticas.
Fue Luís Valcárcel (1891-1987), nacido en Moquegua,
pero prontamente trasladado al Cusco, quien liderará una postura que vincula la
intelectualidad y la acción bajo principios de identidad, fue él quien
propiciará el llamado Indigenismo Cusqueño,
movimiento que se desarrollará aproximadamente entre 1920 y 1950. Este
indigenismo fue ante todo cultural[1],
es decir nacido de la literatura, con obras como Tempestad en los Andes (Valcárcel, 1927) o el Nuevo indio (Hildebrando Castro Pozo, 1930), pero que además sirvió
de reflexión sobre el Cusco incaico.
Otro personaje importante de este tiempo fue Albert
Anthony Giesecke (1883-1968), quien, nacido en Filadelfia, llegó al Perú en
1909 y le fue confiada la rectoría de la Universidad San Antonio Abad del
Cusco; allí desarrolló reformas importantes de 1910 a 1923, como el apoyo a las
investigaciones arqueológicas desde el Museo Arqueológico; también es necesario
recordar que Julio C. Tello (1880-1947) había realizado sus expediciones a
Chavín (1919) y Paracas (1925), la difusión de sus hallazgos estaban impresionando
a la sociedad peruana[2].
La arqueología en Cuzco había sido difundida
por publicaciones como la antigua Revista
Universitaria, de la Universidad Nacional del Cuzco, en donde pronto
aparecerían artículos de Federico Ponce de León, Luis E. Valcárcel, José Gabriel
Cosío, Víctor Guillén, etc.; por otro lado, la fotografía fue importante para
proyectar una imagen del Cusco antiguo; fotógrafos como Martín Chambi y Juan
Manuel Figueroa Aznar y Abraham Guillén contribuirán a traer al presente la
grandiosidad incaica; una importante obra impresa con muchas fotografías
precisamente fue Cusco Histórico,
obra editada por Rafael Larco Herrera en 1934. Estos precedentes intelectuales
respaldarían la preminencia del Cusco, pero el impulso principal de
“La imagen monumental del Cusco prehispánico
crecería mucho más al ser propuesta, en el marco del XXV° Congreso
Internacional de Americanistas de 1933 de La Plata (Argentina), como Capital
Arqueológica de Sudamérica… esta acción fue ejecutada y oficializada casi de
forma inmediata por el Perú bajo la Ley N° 7688.” (I. Villafuerte y S. Loayza
2023: 176).
Sin embargo, las posibilidades de realizar
proyectos que evidenciaran materialmente los contextos arqueológicos para dar a
conocer el pasado cusqueño fue sin duda lo más importante, esto pudo darse con
los preparativos para las celebraciones del IV Centenario de la Fundación
española de la ciudad del Cuzco en 1934, como lo veremos más adelante.
3. Emilio Harth- Terré antes de los Incas
Emilio Harth-Terré había comenzado a realizar sus primeras investigaciones históricas y a publicar breves informes de campo a inicios de los años veinte, casi siempre auxiliado por documentos históricos y data empírica proveniente de los edificios prehispánicos limeños, huelga decir que estos eran los que aún se mantenían accesibles y en buen estado de conservación; también hay que aclarar que en ese tiempo era difícil ser testigo de excavaciones arqueológicas metódicas pues los pocos proyectos que se habían realizado venían auspiciados por universidades extranjeras o eran ejecutados por los pocos arqueólogos peruanos que empezaban a construir la disciplina en el país.
Lo que Harth-terré tenía a disposición eran documentos publicados de
los cronistas[3],
sobre estos creemos que la presencia de los Incas en la costa debe haber sido el
evento histórico que motivó su interés inicialmente, pero lo cierto es que el
Cusco era lugar obligado para entender la originalidad arquitectónica y social
del Tahuantinsuyo. Alguna influencia pudo tener también las expresiones
artísticas peruanas que en la década de 1920 plasmaron por medio del
indigenismo las imágenes románticas e idealizadas de la grandeza cusqueña; una
pequeña parte de las obras de este estilo grafican ruinas o héroes míticos como
Manco Capac o Cahuide, más aún, en los años del Centenario de la Independencia
Nacional estas obras (también con la fotografía como indicamos anteriormente) evocaban
la ciudad del Cusco y su civilización.
La formación técnica de campo del joven Harth-Terré
era obviamente la agrimensura en terrenos amplios, la geometría y el dibujo,
así pudo resolver la planimetría y la proyección de edificios prehispánicos que
visitó (véase los edificios prehispánicos de Maranga, Incahuasi, Cancharí, Tambo
Colorado, etc.), en general dentro la geografía abierta de los valles bajos
costeños, pero el contexto de la sierra y sus dificultades tridimensionales
presentaban un reto distinto en la aplicación de este método. Por otro lado, las
narrativas de las fuentes históricas, aunque siempre guías en estos primeros
trabajos en arqueología, se mostraban cortas respecto a la realidad de los
edificios de piedra que existían en el Cusco, las distancias, el clima, la
gente que seguía viviendo en las ruinas, etc., otorgaban otra dimensión a la
arquitectura.
Empezando
la década de los treinta existían muchas dificultades técnicas y logísticas al
afrontar este tipo de proyectos. En los anteriores trabajos de campo en la
costa, para acceder a las ruinas existían precariamente los medios como carreteras
o autos (en Maranga, Cañete o Tambo Colorado existían al menos una trocha);
también los edificios seleccionados se encontraban en relativo excelente estado
de conservación, además de que en la costa no crece la vegetación trepadora o
invasiva como en la sierra; finalmente algunas logísticas mínimas como el lugar
del hospedaje en las haciendas vecinas hacían más llevaderas las jornadas (en
el Cusco no sucederá esto pues las ruinas se encuentran alejadas y muchas veces
en las montañas). Cusco iba a ser pues una experiencia nueva.
Al igual que Lima, el Cusco era una ciudad centenaria, más aun considerando su origen prehispánico y la gran mayoría de su población indígena a inicios del siglo XX; el advenimiento del IV Centenario de su fundación española provocaba cierta impaciencia por saber qué proyectos la encumbrarían nuevamente como centro de atracción nacional o internacional, esta posibilidad vino directamente desde el Estado con la promulgación de la Ley 7688 del 23 de enero de 1933, que declaró al Cusco como Capital Arqueológica de Sudamérica, además le sucedería la Resolución Suprema 94, del 31 de abril, sobre monumentos arqueológicos nacionales.
Sin embargo, el principal acontecimiento fue la creación de un
Comité Técnico que tuvo como presidente al reconocido antropólogo Luís E.
Valcárcel, nombrado por Resolución Suprema del 25 de octubre de 1933; este
equipo sería conocido como la Comisión del IV Centenario del Cusco, y tendría
como objetivo realizar trabajos de “limpieza, reparación y escombramiento de
los principales monumentos cusqueños” (Valcárcel 1981: 289) y “…se desarrolló,
con intervalos, de 1933 a 1935” (La Serna 2022: 81).
Los trabajos se iniciaron poco antes de la
época de lluvias para la sierra; Emilio Harth terré formó parte de este equipo como
Asesor Técnico, de noviembre de 1933 a Julio de 1934. La escala de este
proyecto era muy grande
…era la primera ocasión, desde la expedición
de Bingham, que se llevaba a cabo una investigación arqueológica a gran escala,
en distintos lugares del departamento existían nueve campamentos de trabajo.
Constituían el personal un jefe y dos auxiliares de arqueología, catorce
ingenieros, tres topógrafos, cuatro dibujantes y un fotógrafo. Además, una
legión de empleados administrativos que trabajaban como inspectores, capataces,
apuntadores, picadores, almaceneros, pagadores, etc., en su mayoría
estudiantes. Finalmente, se disponía de gran número de braceros que, en algunos
momentos, pasó de los 1,200 (Valcárcel 1981: 290).
Fueron
varios meses de intenso trabajo recorriendo las ruinas incaicas y realizando
estudios que se publicarán en distintos medios como periódicos de la época. El
mismo Valcárcel señala la importancia de la incorporación de diversos
especialistas para estos trabajos: “…A fines de ese año partí acompañado del
arquitecto Emilio Harth-Terré, el dibujante Alejandro González y el fotógrafo
Abraham Guillén, con quienes debíamos establecernos en el Cusco durante un año…”
Este primer año, aunque con ciertas limitaciones pues se instalaron en la casa
familiar de Valcárcel, fue sumamente importante.
…Una vez instalada la comisión, su personal se
completó con gente del lugar, sobre todo alumnos universitarios. Si bien
carecíamos de arqueólogos profesionales, contábamos con jóvenes bastante
hábiles y llenos de entusiasmo. Recuerdo de manera especial a dos eficientes
auxiliares que realizaron una destacada labor: Luis A. Llanos y José María Franco
Hinojosa… (Valcárcel 289-290).
El primer mencionado era el artista Alejandro
González Trujillo, más conocido como Apu
Rímak. Contemporáneo de Harth-Terré, González había nacido en 1900 en
Abancay, pero su educación la realizó en Lima en el Colegio Guadalupe para posteriormente
formarse en la Academia Concha y la Escuela Superior de Bellas Artes; podemos
decir que permaneció en el Cusco y siguió trabajando con Valcárcel, algún
tiempo después que Harth-Terré regresara a Lima. El segundo mencionado fue
Abraham Guillén Melgar, fotógrafo nacido en Cusco en 1901. Guillén trabajaba en
el Museo Nacional cuando en 1932 se creó el Servicio Fotográfico de la Sección
de Técnica del Departamento de Antropología del Museo Nacional, siendo el
encargado de este servicio fue Guillén quien efectuaría el registro del
material del museo y muchas veces participaría de las exploraciones
arqueológicas de Julio C. Tello. Podemos decir que la comisión tenía gente
joven y vital para el registro de las ruinas cusqueñas y, aunque no podemos
asegurar que Harth-terré residiera toda la temporada en el Cusco, formaría
parte de este equipo que es el que realizaría las distintas expediciones en
esta primera etapa.
Durante todo este tiempo Harth-Terré
publicaría una serie de artículos de difusión en los periódicos de Lima: “Cuzco
fuente de arte peruano”, “Cuzco, llave de oro” (durante el 1933),
“Redescubriendo Sacsahuamán”, “Ubicación de la arquitectura Hispana en el
Cuzco”, “La piedra en la ciudad del Inca”, “La fortaleza y la ciudad del
Cuzco”, “Sobre el descubrimiento de las ruinas del anfiteatro del Kenko”,
“Inteligencia y fuerza bruta”, “El nuevo aspecto de Machu Picchu”, “Estilos de
la piedra incaica”, “El espíritu urbano de la ciudad incaica”, “Informe
preliminar sobre el Plan Regulador de la Ciudad del Cuzco”, “El recreo del Inka
Yupanki” (durante el 1934), “Ollantaytambo”, “las piedras incaicas del Cuzco”,
“Fundación de la ciudad incaica y la ciudad española” (durante el 1935)[4];
además realiza varias conferencias y da entrevistas sobre la importancia de las
ruinas cusqueñas.
Harth-Terré, además de Europa, había tenido la
experiencia de conocer otros países como Panamá, Argentina y Uruguay, y era
consciente del impacto de la imagen del pasado que los monumentos arqueológicos
poseen y de las pautas de rememoración o celebraciones centenarias (antes ya lo
había experimentado en el caso del Centenario de la Independencia del Perú); su
participación en estos trabajos posee una distancia especial, cosmopolita,
oficial, pero también interesada en dar a conocer la historia peruana, por eso varios
de estos artículos de difusión se publicarán en el extranjero.
Por otro lado, aunque existen evidencias de
que Harth-Terré viajó con su esposa Sophie Schofield, y posteriormente con sus
hijas, no podemos asegurar en que momento ocurrió esto; como sea el Cusco debe
haber sido una experiencia fuerte y duradera pues repercutirá en su interés por
la historia de esta parte del país. Pasados estos años Harth-Terré ampliará su
interés dedicándose con más ahínco a la arquitectura virreinal regional
(Arequipa, Puno, Trujillo, etc.), obviamente, la restauración de Lima luego del
terremoto de 1940, las biografías de alarifes y los temas históricos. Tendrán
que pasar algunos años, quizás hasta la década de los cincuenta, para que
vuelva a retomar el interés por algunos temas de la arquitectura inca[5]. En
este tiempo también, sino de poco después, conoció Huánuco Viejo,
importantísimas ruinas de la sierra central al que volverá repetidas veces.
5. Las ruinas cusqueñas
A continuación, contextualizaremos algunos de
los sitios en los que Emilio Harth-Terré trabajó durante el tiempo en el que
formó parte de la Comisión por el IV Centenario de la Fundación del Cusco.
-Sacsayhuamán. Fue donde comenzaron las labores la Comisión, el 27 de noviembre de 1933, y donde estas duraron tres meses (Valcárcel 1981: 290); aquí se puso al descubierto andenes, canales y cimientos de los torreones, el objetivo era “redescubrir el Cusco incaico” (Valcárcel 1981: 291). Una de las conclusiones a las que se llegó es que el sitio no solo era una fortaleza, pues muchos de los sectores mencionados en la crónica de Garcilaso fueron verificados “comprobando que en el espacio formado por las murallas los Incas habían construido un conjunto de edificios que servían de residencia, de templos, de cuarteles, de portadas, pasadizos, etc.” (García 1942: 168).
En el sector
de Muyucmarca se produjeron los más espectaculares hallazgos realizados por la
Comisión y que “…hasta antes de 1934, fue insospechado, pues, le cubrían metro
i medio de tierra, la que fue retirada, dejándolo al descubierto” (Pardo 1937:
10); sin embargo, los trabajos tuvieron algunas críticas, como el de Ponce de
León, quien se lamenta de “esta manera de hacer excavaciones” (Ponce de León
1935: 172), señalando que Muyucmarca son solo cimientos y que éstos deberían mantenerse
enterrados. También de manera indirecta Astete lo señala: “…pero se hace
necesario practicar esas excavaciones con método y un número reducido de peones
estables, a fin de poder controlarlos con mayor eficiencia. Así se conseguiría
también crear una brigada de expertos excavadores” (Astete 1937: 39).
En casi todos los trabajos de Sacsayhuamán los
gráficos fueron desarrollados por Alejandro Gonzáles (generalmente apuntes y
dibujos al natural en donde la línea modulada es lo importante), pero nos
consta al menos una isometría de Harth-Terré, muy distinta (Fig. 19) y que
reconstruye el sector sureste; existen otros planos pero que no indican autoría
tanto, pero la técnica y sus convencionalismos son distintos a los que hacía Harth-Terré
en esta época, por lo que no podemos asegurar su autoría. En lo que concierne
al resto de informes, Luis Valcárcel detalló los pormenores de estos trabajos
(incluyendo hallazgos, inventarios, medidas reales y dificultades logísticas y
climáticas) en varios artículos, pero siempre limitados en comparación con la
gran escala que significaron los trabajos.
Otros méritos de la Comisión fue encontrar
otros sectores en el sitio, como por ejemplo en Suchuna, en donde “…se han
hallado los restos de un pequeño anfiteatro, que fueron desconocidos antes del
año 1934” (Pardo 1937: 16).
-Ollantaytambo. Se ubica en línea recta a 60 kilómetros del Cusco, en el distrito del mismo nombre, en la confluencia del río Patacancha y el río Urubamba. Se encuentra rodeado de “una geografía cuya conformación orográfica y casual posición en relación a los desplazamientos extremos del sol en el horizonte, permiten el suceso de asombrosos efectos lumínicos en sus alrededores” (Elorrieta F. y Elorrieta E. :2005: 83).
Ollantaytambo es un valle de verticales montañas y clima benigno, en donde
la gente actual vive en el antiguo pueblo reutilizando los edificios durante
cientos de años, pero además cuenta con muchos sectores solamente arqueológicos,
una descripción sería incompleta debido a su complejidad, pero quizás esto
animó a Harth-Terré a considerarla como lugar en donde poder realizar una
catalogación tipológica de la mampostería inca o al menos donde estudiar la
técnica de la cantería, problemática recurrente en el desarrollo de su carrera
como investigador. Otro aspecto de Ollantaytambo se refiere a la simbología
inca en los edificios asociados a la astronomía, por ejemplo, el llamado Templo
del Sol (donde existen las 6 rocas gigantescas) se ilumina “…en las primeras
horas de la mañana del solsticio de invierno” (Elorrieta F y Elorrieta E. 1996:
82), o la llamada “Pirámide Pacaritampu”, se hace visible desde el Adoratorio
de Intipunku.
-Cachijata (Kachiqhata).
Es el nombre de una ladera norte del cerro Yanaorqo en la margen izquierda del Urubamba,
a 3,500 metros al suroeste y al frente del sitio de Ollantaytambo. Según Angles
su nombre significa “ladera con sal” (Angles 1988: 45). Se ha aceptado que este
sitio funcionó como cantera de pórfido rojo para la construcción de los
edificios de Ollantaytambo por lo cual aparecen muchas hipótesis que explican
las dificultades de su traslado, además de la denominación local de “piedras
cansadas” a las rocas talladas en las cercanías. La cantera se encuentra en una
ladera a 1,900 m.s.n.m. en donde además existen unas chullpas; este sitio es
bien interesante, Jean Pierre Protzen (2008: 183) señala aquí “un tipo de
estructura que no fue mencionada” por Harth-Terré, al referirse a estas mismas
“chullpas” en las cercanías de Cachijata, pero lo cierto es que el arquitecto si
llegó a conocerlas pues al menos existe una foto (Fig. 9); aunque no es un
edificio tan frecuente en el Cusco, …. “no existe ningún otro sitio en el valle
del Urubamba con tan alta concentración de chullpa ... como lo tiene esta
ladera” (Protzen 2008 184), es muy probable que hayan tenido una función
funeraria.
Desde Cachijata es posible apreciar los
nevados, especialmente el nevado Verónica (5,682 m.s.n.m.) y la llamada
Pirámide de Pacaritampu en las chacras del valle. Existen varias tipologías de
edificios en las cercanías que merecieron su estudio, por ejemplo, el grupo
llamado Choquetacarpu (ubicado a 3,740 m.s.n.m.), del cual Harth-Terré realizó un
pulcro levantamiento (Fig. 20); sobre este sitio Martínez consideraba que “…por
la disposición de sus habitantes y el esmero de su construcción,
distinguiéndose de la vulgar factura de las casas de los obreros, permite
suponer que era residencia del principal alarife o Jefe de los trabajos” (Martínez
1971: 54). Cerca de Choquetarpu y dominando el entorno aparece el pequeño
sector de Intipunku (mirador sagrado a 3,888 m.s.n.m.).
-Huata. Se ubica
a 10 kilómetros al sur de Ollantaytambo, sobre la cresta de un brazo del cerro
Yanacocha que se proyecta hacia el este, a 3,840 m.s.n.m., dominando el valle
de Huarocondo, alcanzando su cúspide 750 metros sobre el nivel del río del
mismo nombre. El acceso a Huata exige un esfuerzo físico y salvar las murallas
de más de 7 metros de alto que la protegen, las últimas de forma concéntrica;
la cumbre probablemente haya sido un santuario, aquí la técnica constructiva se
diferencia de las grandes rocas talladas incas por lo que se infiere su origen
anterior. Las excavaciones recientes “…sugieren que muchos de los edificios del
Periodo Intermedio tardío fueron destruidos e inmediatamente después se
colocaron nuevos edificios de estilo inca encima de ellos” (Bauer 2018: 232).
Este sitio fue visitado por toda la Comisión (Fig. 12).
-Pisac. Se ubica a 17.5 kilómetros en línea recta al noreste del Cusco, en la margen derecha del valle del Vilcanota, cerca de confluencia con el riachuelo de Chongos. Varios sectores de Pisac se distribuyen en distintos lugares del espolón del cerro Intihuatana (Angles 1979: 317), desde el llano del valle en donde se emplaza el actual pueblo de Pisac a 2,975 m.s.n.m., hasta los 3,440 m.s.n.m., en esta cresta ascendente se encuentran andenes, palacios, agrupaciones de viviendas, observatorios, etc. Guzmán piensa que en Pisac “…los espacios, andenes y estructuras, en forma global están orientados o dirigidos al Cerro Intihuatana” (Guzmán 2013: 40).
Los trabajos realizados por la Comisión sin duda incluyeron
precisamente la limpieza del sector llamado hoy Intihuatana (por encontrarse
aquí la escultura monolítica del mismo nombre), el cual entendemos causaba
mucho interés debido a su función; recordemos que Markham y otros viajeros
pensaban que estas esculturas eran observatorios mientras que Wagner, al
referirse al de Pisac piensa que era un calendario de fiestas en donde
intervendrían “las cinco cavidades horadadas en la roca, al lado de la escala y
de distancias desiguales.” (Wagner 1937: 237) (Fig. 13).
-Machu
Picchu. El trabajo se limitó “…a la limpieza de las edificaciones y a
construir un camino carretero y el pequeño hotel que hasta hoy se utilizan…”
(Valcárcel 1981: 92).
-Pikillacta.
Descubierto en 1927 en base a los hallazgos de pequeñas figurinas de turquesa;
según Valcárcel fue uno de los sitios “escombrados” (Fig. 22), en todo caso y
dada la magnitud del sitio creemos que fue poco trabajada, aunque con
posterioridad Harth-Terré publicará un estudio: “Pikillacta. Ciudad de pocitos
y bastimentos del imperio incaico” (1959), en donde publica un excelente plano,
aunque incompleto; sus conclusiones fueron que
En base a sus observaciones y recuentos de
crónicas españolas, él concluyó que el sitio fue una casa de almacenaje del
estado inca. El sintió que su conclusión fue reforzada por la asociación del
sitio con el cercano sitio portón de Rumi qolca, el cual lo tradujo del quechua
como ´granero de piedra’ (citado en Mc Ewan 1985: 93).
Las
investigaciones arqueológicas posteriores determinarán que fue un asentamiento
Wari.
Finalmente, se tiene noticias que la Comisión
trabajó en muchos sitios importantes como Kenko y Tambomachay; en Kollkampata
por ejemplo, se consolidaron muros, y se “escombraron” lugares como Pikillacta,
Salapunku, Rajchi.
6. El Cusco como un nuevo inicio
A nivel general, el impacto de los trabajos de
la Comisión trascendió en algunos aspectos:
Desde
el punto de vista legal, la Comisión influyó en la reglamentación de la región,
de esta manera, luego de creado el Patronato de Arqueología en 1929, el proceso
de gestión y protección de los bienes arqueológicos en la región se fue
consolidando y se promulgaron las siguientes leyes dirigidas al proteger el
patrimonio cusqueño y reforzar el turismo:
1935 Resolución Suprema 47-A de 25 de abril.
Establece en el Cusco el Centro de Estudios Científicos y Artísticos.
1936 Resolución Suprema 375 de 9 setiembre.
Créase el derecho de visita a las Ruinas de Machupicchu.
1938 Resolución Suprema 827 de 9 de junio.
Sobre atribuciones del Patronato Arqueológico Departamental del Cusco y del
Instituto Arqueológico.
También un objetivo de la Comisión fue la
creación del Instituto Arqueológico del Cusco, en cuya Revista del Museo e Instituto Arqueológico se publicaron artículos
especializados de la región; además, varios libros se editaron
independientemente en los siguientes años como Ruinas precolombinas de Cuzco (1937) de Pardo, o Cuzco la Ciudad del Sol (1937) de
Federico Ponce de León.
En
1935 Valcárcel vuelve al Cusco llevando de invitado a Julio C. Tello, ambos
visitaron Machu Picchu (Fig. 24), Salapunco, Ollantaytambo, Yucay, Calca,
Pisac, Pikillajta, Sacsayhuamán y Kenko, luego de lo cual convinieron en que
los trabajos de 1933 y 1934 fueron “solamente preliminares y su finalidad había
sido facilitar el estudio de los monumentos, poniéndolos al descubierto,
liberándolos de sus escombros y… procurando la adopción de medidas urgentes
para su mejor conservación” (Valcárcel 1981: 298).
Lo cierto es que se sabe poco de los
resultados de los trabajos de Harth-terré dentro de la Comisión, en parte
porque los resultados que fueron publicados por Valcárcel en la Revista del
Museo Nacional u otros medios como los periódicos de la época, lo explican de
manera institucional, con detalles en algunos casos, pero muy limitados en
comparación con la cantidad de gente y presupuesto que sin duda se manejó;
sobre esto Urton señala que “Desafortunadamente, los resultados de estos
proyectos masivos no fueron publicados, a excepción de algunos informes breves
de Luis E. Valcárcel” (Urton 2018: 28).
En definitiva, los trabajos a los que se abocó
Harth-Terré no se encuentra completamente especificados salvo unos pocos planos
que se publicaron en los que aparece su firma[6]. Aun así, sin duda es un momento en donde el
arquitecto aprende mucho de forma empírica, recorriendo la geografía serrana,
levantando planos, estudiando los sistemas constructivos, etc., de sitios
arqueológicos que eran imponentes y muy distintos a los que conocía en Lima. De
manera amplia y teniendo en cuenta su producción bibliográfica posterior y
rescatando sus propias opiniones podemos señalar los siguientes puntos
trascendentes que, a raíz de este proyecto, repercutieron en su pensamiento:
a) Las Técnicas
de cantería inca. Las rocas de Sacsayhuamán y de Ollantaytambo tenían gran
fama por lo inverosímil de sus tamaños y formas, esto le llevó a organizar una
tipología y esclarecer el método de labrado de las mismas, las técnicas usadas
y el proceso constructivo mismo. La importancia que le da a las canteras como
la de Cachijata y el reconocimiento que le da al oficio de maestro cantero son aportes de Harth-Terré. En este tiempo inicia
sus estudios sobre los canteros inca, investigación que publicará décadas
después (Harth-Terré 1947, 1958, 1963 y 1964), aunque la lectura de estas
publicaciones hace pensar que gran parte se redactó en 1934. Más allá de lo
técnico, en la personalidad de cantero se descubrirá un interés en el mestizaje,
aquél ser que mantiene la sabiduría de siglos y que traspasa el umbral de la
conquista y trabaja durante la Colonia, estos serán los últimos canteros inca.
b) El inicio de estudios sobre urbanismo Inca.
Por ejemplo, en este año de 1934 fue cuando por primera vez visitó Huánuco
Pampa (no sabemos si como parte del proyecto de la Comisión), volviendo por su
propia cuenta en 1939, 1944, 1952 y finalmente en 1960 (esta vez acompañado del
arqueólogo alemán Hans Horkheimer); es entonces aquí cuando descubre la
complejidad de la urbe, sus componentes, su escala propia, la relación con su
entorno. Su análisis de la llacta de Huánuco Pampa será una de las más
completas que publicará.
c) Uso
de crónicas vs la evidencia empírica. Aunque sin duda, como lo mencionamos
en otro espacio (Alvino 2022), Harth-Terré utiliza desde muy joven las crónicas
que entonces se encontraban publicadas, en esta ocasión de 1933-34 (y revisando
las publicaciones posteriores), puede confrontar y encontrar los límites de la
historia escrita con la evidencia material (que en el Cusco se encuentran de
manera importante). Mucha de la información se queda corta ante la existencia
de la cantidad de datos que la roca puede entregar y, por otro lado, los
detalles de las crónicas despiertan la imaginación y complementan el escenario
histórico.
d) Mestizaje.
Había entonces en el Perú, y en toda América, una reafirmación por el
indigenismo y más aún, por el mestizaje, desde el Indigenismo literario o
pictórico hasta el Neoperuano en la arquitectura, las expresiones artísticas se
habían dado el trabajo de promover la mezcla; José Vasconcelos en la Raza Cósmica (1925) explica algo de esa
confluencia de razas para lograr la vitalidad de las civilizaciones. Como
indicamos líneas arriba algo de esta inquietud despierta su interés por
canteros que sobrevivieron a la conquista, pero más allá de esto no apreciamos
en Harth-terré un juicio histórico sesgado tomando partido por uno u otra
sociedad del pasado, sino apreciando los continuos cambios y mezclas que se
forman en ellas. Como prueba de esto en los siguientes años Harth-terré se
dedicará contundentemente a estudiar la arquitectura Virreinal de las ciudades
del sur del Perú (Ica, Pisco, Puno, Arequipa, etc.), además de distintos
estudios históricos de Lima en el contexto de su IV Centenario de Fundación
(1935).
En
lo profesional consideramos que el Cusco marca en Harth-terré un punto de
inflexión, no sólo por edad, sino por intereses investigativos. Al parecer,
aunque su trabajo con la Comisión se limitó a unos pocos meses entre 1933 y 1934,
volverá al Cusco en otras ocasiones, por ejemplo, acompañado de Jorge Muelle, pero el origen de sus
motivaciones intelectuales pareciera haber nacido en esta primera experiencia
laboral que lo impactó a la mitad de sus treinta años, rodeado de maestros
andinos y teniendo como escenario la sobrecogedora geografía cusqueña.
7.
Reconocimientos.
Al
señor Fernando Dongo-Soria Harth por difundir parte del material gráfico
utilizado, a la señora Laura Rey Harth por compartir referencias familiares y al
arqueólogo Carlos Hidalgo Paúcar.
8. Referencias bibliográficas
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[1] El Indigenismo político, por ejemplo, será
representado por Gonzales Prada, Dora Mayer (que en 1909 fundó con Pedro Zulen
y Joaquín Capelo la asociación Pro-Indígena), o incluso podría considerarse a Mariátegui
o Haya de la Torre
[2] Tello contaba con muchas fuentes de información
debido a su formación antropológica, además el gran acierto que tuvo fue
viajara a diversas regiones del territorio andino y aprender de su cultura; no
fueron los Incas y su imperio su primer ni único interés, al contrario, podría
decirse que se involucró decisivamente de una manera tardía en la problemática
del Tawantinsuyu pero muy bien implementado de un conocimiento andino amplio
[3]
Pensamos que la obra editorial de
Marcos Jiménez de la Espada, a finales del siglo XIX proveyó (no sin cierta
dificultad) a los investigadores peruanos de la consulta de estos cronistas
entre los cuales estaba Cieza de León, Juan de Betanzos o Bernabé Cobo.
[4] Excepciones son los estudios sobre urbanismo:
“Fundación de la ciudad incaica”, “Incas y Aztecas” (1938), “Cuzco y México”
(1941) y “Urbanismo del Imperio Incaico” (1945)
[5]
Un interesante artículo publicado en
la revista El Arquitecto Peruano (n° 252, 253 y 254 de Julio a Setiembre de
1958): “Los últimos canteros incas”, contrasta la urbanística de la ciudad del
Cusco original y las construcciones posteriores incorporando fuentes escritas
importantes. También publicaría en la misma revista El Arquitecto Peruano (n°
320 y 321 de 1964), un extenso estudio sobre la llacta de Huánuco Pampa
titulado: “El pueblo de Huánuco Viejo”.
[6] Sorprende un poco que en los informes
de Valcárcel sobre las labores en las ruinas aparezcan pocos planos de Harth-Terré,
al contrario, abundan los apuntes de Gonzáles que tienden más bien a una visión
artística poco técnica.

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