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26 diciembre 2015

Casa ecológica sin muros - Ecologismos



El concepto de intimidad varía de unas culturas a otras pero, aun así, poca intimidad puede tenerse con vaporosas cortinas, casi transparentes y decenas de plantas como única pared, amén de algunas que otras cristaleras. Esta insólita vivienda de cinco alturas tiene un diseño así de loco o de estupendo, según se mire.

La curiosa casita está en Tokio, y puestos a imaginar, parece la lechuga de un sandwich, aprisionada entre dos moles de hormigón. La ha creado el arquitecto japonés Ryue Nishizawa y en ella lo importante es abrirse al exterior dando todo el protagonismo a las plantas y a la luz natural, que atraviesa toda la casa, pues ésta prácticamente carece de la estructura.





Con ello se crea un nuevo sentido de apertura, según Nishizawa, sin sacrificar la privacidad, aunque eso sería discutible según la cultura o la personalidad misma de sus moradores. Sea como fuere, el interés que despierta la casa, sobre todo, tiene que ver con su atrevimiento a la hora de construir en pequeños espacios, demostrando que bastan apenas cuatro metros de ancho para traer la naturaleza al hogar, sin necesidad de sufrir la sensación de claustrofobia que transmiten los grandes inmuebles, abigarradas colmenas de ladrillo.

Precisamente, fue la escasez de espacio la que hizo que el arquitecto diseñara las paredes de cristal, con el objetivo de conseguir un interior lo más amplio posible. Sus dueños, dos escritores, querían un hogar que les sirviera también como lugar de trabajo, un oasis en medio de una densa zona comercial. “Quería conseguir un edificio sin paredes”, afirma.

Un jardín vertical como fachada

En todas y cada una de las cinco plantas del edificio, incluyendo la terraza, los jardines se intercalan con la habitaciones, creando una pantalla de plantas que sirven para dar privacidad y logran un bonito efecto, además de oxigenar la atmósfera y proporcionar una agradable visión que aísla y conecta a la vez, saludable para cuerpo y alma, una permanente fuente de vitalidad y optimismo.


Todas las habitaciones tienen su propio jardín, desde el comedor o el dormitorio hasta la cocina, la biblioteca, el pequeño estudio o el baño. Sus paredes transparentes crean la sensación de estar en el exterior desde adentro o de estar adentro desde afuera, gracias a esa ausencia de barreras visuales. Con ello, además, se consigue una luz solar fantástica, ideal para leer un libro, trabajar y vivir y, en general, para sentir la brisa del exterior sin necesidad de salir la calle. “Mi idea era permitir que pudieran disfrutar de un entorno abierto en su vida diaria”, apunta.

Las plantas, por otra parte, se comunican mediante una escalera de caracol que cansa con sólo mirar, pero que también ayuda a llevar a una vida activa, más saludable. Sin paredes ni ventanas, las macetas y las cortinas, la mayoría móviles, actúan de paredes y protegen de las miradas indiscretas de viandantes y vecinos.


Nuevas formas de vivir, más de cara al exterior que al interior, lo que también implica ser comedido a la hora de atesorar o acumular objetos de consumo, pues siempre existe la posibilidad de ser visto, también por amigos de lo ajeno. Algo que, en este caso, sus habitantes ven como una ventaja porque su modus vivendi es minimalista y este tipo de vivienda refuerza esta filosofía de vida. Y, cómo no, cambiar el tipo de plantas supondría cambiar de fachada y también el nivel de privacidad, con lo que las posibilidades son casi infinitas. ¿Y a ti, qué te parece esta iniciativa? ¿Te gustaría vivir en una casa así?



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