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30 abril 2015

Queswa Chaka, tecnologia andina vigente - José Salcedo


La algarabía irrumpe el silencio de las alturas andinas. Cientos de campesinos han llegado a uno de los extremos del cañón del río Apurímac, en el distrito de Quehue, provincia de Canas. El clima se impregna entonces del sentimiento festivo de una multitud. Ha empezado la renovación anual del Q’eswachaka, el último puente inca.

Los campesinos de las comunidades Winchiri, Choccayhua, Chaupibanda y Ccollana Quehue reconstruyen el puente desde hace casi seis siglos, entre el 5 y 8 de junio. Son los últimos herederos de los incas. En la renovación del Q’eswachaka se conjugan la herencia ancestral y la riqueza cultural de estas comunidades campesinas. Es una obligación entre los pueblos aprender las técnicas de renovación del puente. La herencia cultural les permite cuidar esta magnífica pieza de ingeniería incaica. 

El sol arde intenso. Victoriano Arizapana se balancea entre dos peñascos de 50 metros de altura para reconstruir el Q’eswachaka como si fuera un hermoso acto teatral. Este puente mide unos 30 metros de largo y un metro de ancho. En cada extremo del cañón las sogas están atadas a sólidas rocas. Se trata de uno de los caminos secundarios del imperio Inca que conectaba con el Qhapaq Ñan, la gran red vial inca que unió los Cuatro Suyos del Tahuantinsuyo. 






La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) declaró al Qhapaq Ñan como Patrimonio Cultural de la Humanidad por ser una magnífica obra de ingenería con tecnología propia y testificar la existencia del imperio de los Incas. El Q’eswachaka fue denominado también con mismo título .

Los hombres de este tiempo aún conservan la red vial para desafiar la escarpada naturaleza andina. Bajo el puente se forma una vertiginosa pendiente donde discurre el río Apurímac como una mansa línea azul. El paisaje es tan agreste como hermoso por la presencia de un cañón. La serranía cusqueña es exuberante en el distrito de Quehue, provincia de Canas, a más de 140 kilómetros de Cusco. 

La jornada comienza. Victoriano Arizapana tiene las manos gastadas con una belleza particular donde confluyen aspereza y fuerza. El hombre bordea los 75 años y sus arrugas se impregnan sobre su expresión. Pareciera que tiene el rostro tallado en piedra. Posee un semblante con signos de sabiduría. “Estas son las manos que nos ayudan a construir nuestra herencia”, menciona Victoriano mientras emboca hojas de coca y sorbe chicha de jora. Sabe bien y disfruta la explosión de sabores. Los apus, la chicha y coca le agradecen.





TRABAJO GENERACIONAL

Es sábado 7 de junio, día central del ritual de renovación del Q’eswachaka. Entre el gentío, el pequeño Ilvardo Ccoyori Puma observa en silencio, a merced del febril sol, a su padre Basilio Ccoyori Callo. Basilio está de cuclillas machacando la cc’oya (hierba silvestre) hasta que adquiera un grado de elasticidad. Al tantearlas, entrega hilachas y flecos a las mujeres tejedoras de soguillas que renovarán el puente inca. Es parte del grupo de personas que hacen el trabajo de hormiga desde hace 44 años.

Ilvardo mira a su padre. Pareciera que el pasado con el presente se amalgaman sobre el llano de la serranía cusqueña. A sus cuatro años no imagina su futura responsabilidad para reconstruir el puente inca. Sus frágiles manos se tornarán toscas de tanto trabajar sobre el Q’eswachaka. “Si Victoriano se muere, hasta mi hijo puede ser elegido por la comunidad para que lo suceda”, señala Basilio en perfecto quechua. De inmediato posa enseñando a su hijo a chancar la yerba silvestre.

Como todos los niños, Ilvardo heredará no solo el arte en su participación en la renovación del puente sino también en el trabajo de los campos de cultivo. 







INGENIEROS ANDINOS
Victoriano viste chaleco y pantalón de bayeta, chullo y chuspa. Es el atuendo especial para ese momento histórico.

Cayetano Ccanahuire Puma posee las mismas características y virtudes de Victoriano. Es el segundo Chakaruwaq o ingeniero andino después de Victoriano. Ambos tienen a su cargo la renovación anual del puente. Saben la técnica inca para tejer esa obra maestra. 

Durante el trenzado del puente reciben la ayuda de otras cinco personas que también se balancean sobre el puente. Desde ambos flancos del cauce del Apurímac cooperan en el trabajo más de cien campesinos. Ellos laboran también perfectamente vestidos.




ESFUERZO COMUNAL
A unos trescientos metros donde Ilvardo es sofocado por el sol, cerca de 80 habitantes de la comunidad de Choccayhua laboran con afanoso empeño. Entre la bullanga se distingue a un hombre de 54 años llamado Basilio Puma Hanampa.

Esta comunidad se encarga de hacer el piso del puente, una especie de alfombra hecha a base de ch’illca. “Es un arbusto cuya firmeza ayuda a soportar el peso de las personas”, dice Basilio Puma Hanampa. La simbiosis entre comunidades y puente es vital, pues gran cantidad de la ch’illca es recolectada un día antes (6 de junio) del armado del puente en el poblado Choccayhua.

Este pueblecito, que tiene atisbos de un pesebre, está enclavado en la margen izquierda del río Apurímac, a unas dos horas de viaje en camiones.

Mientras los varones arman la base a mano limpia, mujeres y niños hacen las soguillas para completar el trabajo. Cuando todo está listo, Nicolás Cáceres Armoto (46) carga sobre sus hombros 30 kilos de material para la base del Q’eswachaka.

El día casi muere y los rayos del sol de este glorioso siete de junio desaparecen del llano serrano. Victoriano Arizapana está cansado. Ha decidido no asistir al festival de danzas del día siguiente, que cierran los festejos por el renacimiento del puente. Ilvardo en cambio disfrutará del evento de la mano de su padre.




PATRIMONIO CULTURAL DE LA HUMANIDAD

El puente Q’eswachaka ha sido declarado por la Unesco como Patrimonio Cultural de la Humanidad. Fue en la octava reunión del Comité Inter gubernamental para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial, celebrada en la ciudad de Bakú (Azerbaiyán). 
Los integrantes del comité reconocieron su valor histórico y el uso de técnicas incas para su renovación.

El Q’eswachaka es un puente inca hecho a base de soguillas de ichu y q’oya (paja brava). Está suspendido a 50 metros, entre dos peñascos de uno de los profundos cañones que abrió a su paso el río Apurímac, en el distrito de Quehue, provincia de Canas, a más de 140 kilómetros de Cusco. Mide unos 30 metros de largo y un metro de ancho. En cada extremo del cañón las sogas están atadas a gruesos fierros clavados a las sólidas rocas.

Quehue está situado a 3 mil 700 metros de altitud en una zona por donde pasaba uno de los caminos secundarios del imperio que conectaba con el Qhapaq Ñan, el gran camino inca que unió los Cuatro Suyos del Tahuantinsuyo.

Desde hace aproximadamente 550 años, el puente es renovado en la primera quincena de junio de cada año. El cálculo lo han hecho varios historiadores en función a la versión de cronistas que aseguran que los Incas conquistaron a los K’anas a mediados del siglo XV (otros sostienen que la rebeldía de los K’anas impidió que sean conquistados, por lo que hubo acuerdos entre ambas etnias). 

El puente Q’eswachaka fue registrado por primera vez en una relación de puentes hecha por el Ministerio de Fomento en 1904.




RENOVACIÓN ANUAL
Entre el 12 y 14 de junio los representantes de las comunidades de Ccollana y W’inchiri de Quehue, herederos de los maestros tejedores, se encargan del trenzado del puente. Éstos se hacen llamar “Chacaruwaq”, tejedores de puente en español. Los ayudan sus pares de los ayllus vecinos de Chaupibanda, Chaccayhua y Pelcaro.

El trenzado es la parte culminante de un esforzado trabajo que empieza semanas atrás. Los comuneros recolectan ichu de la variedad q’oya, lo suficiente como para hacer un nuevo puente. El día de la renovación se realiza una ceremonia de pago al Apu Quinsallallawi. 

Terminado el ritual, las mujeres se encargan de tejer las soguillas de ichu toda la mañana. En la tarde los hombres se organizan en grupos para ir trenzando las sogas mayores, guiados por el chakaruhac (heredero conocedor de estas técnicas) y hacerlas pasar de una orilla a otra.

Para los comuneros de Quehue, la renovación anual del Q'eswachaka es un homenaje a sus antepasados. Para la Unesco representa un acto  de continuidad de la tradición cultural existente desde tiempos prehispánicos.

Eleuterio Callo, uno de los “Chakaruwaq”, habló ante los representantes de la Unesco en quechua. Destacó la importancia de preservar las costumbres tradicionales de los “pueblos ancestrales” de la región. 


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